solucionaban a “lo caballero”: un brazo amarrado al del contrincante, dos padrinos y un minuto de “diálogo” entre rostros y nudillos. Al finalizar, se daban las manos y resuelta la disputa.
Luego, al retirarse a dormir, los morados faciales ponían el “¡ay, ay, ay!” de Selena en “lo más pegao´” de la noche. Ahora no. La guapería postmoderna ha traído nuevos conceptos y códigos de comunicación “bronquial”, que nada tienen que ver con problemas respiratorios y mucho con el desarrollo de las agallas. La fuerza de cara, aceleración del “filo” y pensamiento rectilíneo uniforme son las magnitudes físicas, no mentales, de los guapos de estos tiempos.
Para “meter el pie” no se necesitan argumentos verbales. Bastan un par de palabras obscenas, unas palmadas en el pecho y, sin esperar réplica alguna, contestar con el idioma de los samuráis. La filosofía de los bravucones es pura práctica sin teoría. No hacen falta motivos, los motivos se hacen.
Antes no. La guapería tenía sus estamentos básicos. Un guapo de respeto no se permitía abusar de alguien más débil o en desventaja. Eso era imperdonable. La imprecación o el lenguaje soez estaban alejados de su vocabulario. Una ofensa se cobraba en silencio y sin esos aspavientos “chancleteros”, que ahora se usan a la hora de cualquier reyerta o diferencia.

